miércoles, 26 de diciembre de 2012

El Silencio






Un dos tres…ooops, un dos tres…ooops, al tercer jalón el cordel quedó enganchado y Ulises se incorporó. Ahora tocaba tensar el arco, lo más difícil. Lo haría también en tres veces, tal le había enseñado su maestro de kyudo. Pero no estaban en el dojo, sino en sala cerrada repleta de enemigos que querían matarlo. Muchos enemigos con muchos metales. Había que ser muy rápido y muy preciso.

La cercanía del cordel a la nariz le trajo aroma de pino y su mente se disparó. Fue entre pinos que durmió la noche tras la última cena con Calipso. Soñó todo lo que había de pasarle en el viaje de retorno, y a pesar de ello embarcó al día siguiente.

Todo se consumó tal si hubiera sido predicho por la misma Sibila. Pero él había aguantado y al fin arribado a su isla. Sano y salvo, aunque sin los compañeros. Como ocurría en el sueño.

Y ahora era la hora de la verdad. Ulises comenzó el primer jalón y el aroma se desvaneció. El sonido del cordel al tensarse fue como tañido de arpa. Y trajo más recuerdos.

Así había cantado Circe para él, antes de ofrecerle la inmortalidad. En la noche tras el rechazo Ulises volvió a soñar. Soñó que los peligros no terminaban con el viaje, que había otros esperándole en su isla, tan grandes como los del mar, a pesar de ser humanos. Pero ignoró el agüero y se hizo otra vez a la mar.

Sintiendo el cordel entre los dedos Ulises dudó si había hecho bien. Si detrás de cada gran hazaña hay otra esperando antes de cobrar la recompensa, ¿no estaría en un laberinto? Sintió más temor de esta posibilidad que de los enemigos en el salón, que ya lo estaban reconociendo. Ya no había marcha atrás.

El roce del cordel al iniciar el segundo jalón le recordó la textura del vestido de Nausicaa, que apenas llegó a rozar entre sus dedos. En el sueño de aquella madrugada, tras relatar su realidad a los feacios, vio los peligros que le aguardaban si conseguía desenmascarar a los enemigos. Su padre, su propia Penélope, estaban más lejos de lo que la cercanía física aparentaba. Otra tarea sin cosechar la anterior, más del laberinto. Pero Ulises siguió adelante.

Y hasta aquí había llegado. El sonido opaco del tercer jalón rememoró el chasquido que le despertó en la playa de su isla. Su último sueño. En él vio y vivió lo que habría de suceder de superar las pruebas de los sueños anteriores. Vio al enemigo último, el más íntimo, cual cuchillo en la garganta, el más real, cual sueño de Escipión. Cuanto antes mejor, pensó para sí.

El tiro estaba listo. No había nada que apuntar, le había dicho el maestro de kyudo al comienzo de su aprendizaje. No hay mira ni alza en el arco. El tiro sale solo.

Ulises clavó la mirada en la punta de la flecha. El blanco quedó desenfocado, como tenía que ser. Concentró su ser. El blanco no importaba, ni el vuelo de la flecha, ni acertarle o no. El tiro era la vida y la flecha se fue, directa, al centro del blanco de su propio corazón.

Y el hombre viejo murió para que naciera el hombre nuevo.